miércoles

El Rey Salomón y las minas

Hay una vieja historia (supongamos que más o menos fue como la cuentan) en la que dos mujeres se disputan la maternidad de un niño y esta disputa llega hasta el rey de la comarca, quien por no poder resolver satisfactoriamente la controversia, pide a sus esclavos que corten el niño por la mitad y entreguen una parte a cada reclamante.

Ante esta decisión, una de de las litigantes suplica al rey que no haga eso, que ella prefiere que se lo entreguen –entero- a la otra mujer.
El rey, como muchos sabemos, reconoce en esta actitud de desprendimiento a la madre verdadera, sin siquiera plantearse que la mujer pudo haber actuado así por temor a las graves consecuencias que acarrearía a su alma inmortal, cargar con la muerte de un inocente por un capricho de madre frustrada.
Dejando de lado todos los caminos laterales que muy pródigamente surgen en cada lectura de un libro religioso, hagamos uso de la metáfora pura y avancemos hasta un poco atrás de nuestro tiempo.
Una de las consignas de los años ´70 era “La tierra pertenece a quien la trabaja” y aún hoy, por doquier hay
 campesinos sin tierras que sueñan con trabajar las que los latifundistas mantienen inactivas, y con ellas poder brindar sustento a sus familias y alimentos a un mundo que los precisa.

Desde que se produjo el boom de la soja, en Argentina casi no quedan tierras aptas que no estén sembradas con esta oleaginosa. Es más, constantemente se talan bosques nativos para generar nuevos sojales, dado que la semilla sometida a mutaciones genéticas, está capacitada para desarrollarse prácticamente en cualquier clima y tipo de tierra.

Si nos atenemos férreamente a la consigna setentista, entonces, es correcto que la tierra pertenezca a esos consorcios transnacionales que la arriendan para concretar su negocio sojero aplicando sobre ella métodos de extracción minera, con muy poca ocupación de mano de obra, dejando tras de sí campos inservibles, agotados, bosques destruidos, pueblos desvastados por las enfermedades, ríos y napas subterráneas contaminadas con agroquímicos altamente cancerígenos, que incluso llegan a las aguas corrientes de grandes ciudades como Córdoba, Santa Fe, Rosario, Santa Rosa, Paraná, Buenos Aires, La Plata, Bahía Blanca, etc.

Lo mismo sucede con la megaminería en aquellas tierras que, graciosamente, le fueron concesionadas a enormes y poderosas empresas mineras para explotarlas, con contratos leoninos (leoninos para el país, que se queda sin sus minerales y nada gana). En muchos de estos casos se trata de grandes yacimientos de baja ley, pluriminerales, algunos de los cuales habían sido dejados de explotar por antieconómicos, pero en los que aplicando el método de lixiviación, vuelven a resultar sumamente rentables.

Por este proceso, se dinamitan grandes extensiones, incluso cerros enteros, muelen las rocas hasta casi transformarlas en polvo y le arrojan una sopa de cianuro, arsénico, nitratos, nitritos, ácido sulfúrico y quien sabe qué más, para decantar los minerales que a ellos les interesan, los cuales, una vez refinados, de inmediato son enviados fuera del país.

Como sucede con los consorcios sojeros, ellos trabajan la tierra, ellos se llevan las ganancias…pero ¿qué nos dejan?

Casualmente (¿casualmente?) nos dejan casi las mismas secuelas que los consorcios sojeros: pueblos devastados, tierras inútiles para cualquier otra aplicación, glaciares destruidos, centros turísticos transformados en roquedales informes y por supuesto la contaminación.

Los diques de cola –generalmente ubicados en zonas sísmicas-, donde fueron volcados todos los residuos de aquella sopa con que extrajeron los minerales, poco a poco comienzan a verter su veneno en napas subterráneas y arroyos de montaña… y suelen hacerlo durante muchos años.

El cianuro, el arsénico, el ácido sulfúrico, los nitratos, los nitritos, los materiales radiactivos en este caso llegan a ciudades como Salta, Catamarca, La Rioja, Mendoza, San Juan, Neuquén, San Luís, Tucumán, Santiago del Estero, Río Gallegos, Bariloche, Jujuy por solo citar algunas de las mayores…arrastrando su secuela de nacimientos con malformaciones, cáncer, enfermedades pulmonares, enfermedades de la piel y otras.

También se ven muy perjudicados los innumerables minifundistas que hay en las provincias afectadas, porque se usa el agua –que proviene de los más puros manantiales de la cordillera- para lixiviar. Esa agua que debería llegarles a ellos para alimentar sus plantaciones y que no les llega…o llega muy contaminada y por ende inservible para el riego de las frágiles producciones regionales que generalmente son viñedos, fruta fina, fruta u hortalizas.

Entonces, volviendo al ejemplo de aquel antiguo rey, lo justo, lo realmente justo, sería sacarle la tierra a quienes la maltratan, la depredan sin importarle que ella muera y dársela a quienes la cuidan.

La consigna setentista “La tierra pertenece a quien la trabaja”, por una simple cuestión de supervivencia de todas las especies que la habitamos, se transformó en “LA TIERRA PERTENECE A QUIEN LA PROTEGE”.

El bíblico rey marcharía con su pancarta, gritándola a los cuatro vientos.

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